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El ‘perfeccionamiento’ del mal en esta era antiinmigrante

 

A medida que se multiplican los testimonios de abuso físico, médico y psicológico que han sufrido los migrantes en centros de detención en diversos puntos del país, se concreta la imagen que nadie en su sano juicio querría volver a ver en el mundo: la de un régimen de terror que utiliza el recurso del miedo contra los más vulnerables.

A partir de su política migratoria, en poco más de un año el actual gobierno de Estados Unidos ha pulverizado la imagen que este país había venido puliendo a lo largo de las últimas décadas después de la lucha por los derechos civiles: la de ser una nación de bienvenida que continuaba con su tradición de consolidarse históricamente a partir de las aportaciones de sus múltiples generaciones de inmigrantes.

Pero la otrora “nación más poderosa” y “más compasiva” del planeta se ha ganado a pulso su nuevo lugar en la psique del mundo: la de un país que nunca dejó, en el fondo, de apelar al racismo como mecanismo de defensa, apoyado por una retórica atiinmigrante que no se había visto en mucho tiempo. El término “forastero” que se explotaba a diestra y siniestra incluso en películas y series de TV parecía solo ser parte ya del imaginario mediático de tantas décadas atrás, y con el que se explotaba ese inentendible miedo al “Otro”.

Pero la rueca de la historia volvió a poner en su sitio las filias y las fobias de una sociedad fragmentada e insatisfecha, y en la que hoy mismo se da rienda suelta al perfeccionamiento de la maldad para justificar “el imperio de la ley”. O, en todo caso, de un estilo personal de gobernar y de malinterpretar el rol de quien detenta el poder como un ente absoluto.

Y en medio de todo eso, los nuevos inmigrantes, los que aún creían en Estados Unidos como la única tabla de salvación y que se acercaron a sus puertas en busca de refugio.

Lo que han encontrado, en todo caso, es la separación forzada de sus hijos, un distante centro de detención con estancia prolongada y una serie de anomalías en su interior que desearían no haber padecido nunca, sobre todo por el maltrato verbal y disciplinario. “La forma en que me han tratado me hace sentir como basura”, según testimonio de un menor hondureño de apenas 11 años. “Es un campo de concentración”, como describió el periodista mexicano Emilio Gutiérrez Soto, preso en un centro de ICE durante ocho meses, y quien desde 2008 pidió asilo tras ser amenazado por el ejército mexicano.

Sin duda, esta nueva “banalización del mal” —parafraseando a la filósofa alemana Hannah Arendt, autora de Eichmann en Jerusalén— es una nueva etapa para el entendimiento de este país, en la que al parecer los habilitadores y porristas del presidente justifican su proceder con base en la idea de que “solo cumplen órdenes”.

Esa tesis se desploma por completo, porque hoy como en la era del nazifascismo, los funcionarios del actual régimen saben lo que están haciendo, no son gente común y tienen una agenda establecida con base en una ideología y un líder, y que en conjunto deciden quién es “elegible” y quién no lo es para ser parte de su visión del mundo: con el pulgar hacia arriba o hacia abajo, como en la era romana, desde la secretaria de prensa de la presidencia, hasta el guardia peor pagado de un centro de detención de ICE. Pero la complicidad paga siempre un precio.

De tal modo que ese “campamento de verano” en el que se nos quiere hacer creer que viven los inmigrantes detenidos no es más que un eufemismo de los más deleznables que pueda utilizar un gobierno para encubrir el perfeccionamiento del mal que seguramente arrojará nuevas bajezas para sorpresa de una sociedad dividida, bajezas especialmente dirigidas hacia los inmigrantes.