tags: Análisis, AVES Feature

COVID-19, el erróneo comodín electoral de la Casa Blanca

Share This:

Conforme entramos en la recta final del proceso electoral estadounidense, son múltiples los factores que han hecho considerar los próximos comicios presidenciales como los más determinantes de este país en términos históricos, con un innegable sesgo demográfico, migratorio y racial. Aunado a ello, sin embargo, hay una variable no controlada que ha obligado a modificar tanto los análisis como las inferencias y que seguirá jugando un papel político clave en la etapa postelectoral. Me refiero al coronavirus.

Por ejemplo, basta con escarbar un poco en los datos que los expertos han propocionado sobre las víctimas de COVID-19 para darnos cuenta de que es además un mortal virus que se ha ensañado especialmente con las minorías. Y los inmigrantes latinos, en ese sentido, han sido uno de los grupos más afectados, como si los embates del discurso antiinmigrante emanado de la Casa Blanca no fueran suficientes.

El doctor Anthony Fauci, quien se ha convertido en una especie de “experto incómodo” para el régimen, pues ha tenido que salir al paso a contradecir más de una vez las ocurrencias presidenciales en torno al coronavirus, ha emitido una voz de alerta sobre lo que le está pasando a la comunidad latina de inmigrantes.

El científico, quien ha sido desde 1984 director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID, por su sigla en inglés), reveló hace un par de semanas, según lo publicado por NBC News-Telemundo, durante su participación virtual ante el Caucus Hispano del Congreso, que las hospitalizaciones entre los latinos, con datos hasta el 19 de septiembre, eran de 359 por cada 100,000, en comparación con 78 de blancos. Y en lo que se refería a las muertes por COVID-19, la proporción también era alarmante, pues entre los latinos era de 61 por cada 100,000 frente a solo 40 de blancos. Asimismo, añadió Fauci, los latinos representaban hasta ese momento el 45% de las muertes de personas menores de 21 años.

Por esa razón, recomendó que una vez que estuviera lista una vacuna contra el COVID-19 se colocara como prioritaria a la comunidad latina para recibir la eventual inmunización.

Pero la del doctor Fauci no fue la única voz de alerta. En ese mismo foro, el doctor Peter Hotez, decano de Medicina Tropical del Baylor College of Medicine, de Houston, declaró sin cortapisas que el coronavirus está ocasionando la aniquilación histórica de la comunidad latina,

Explicó, según la misma nota, que “este virus se está llevando a toda una generación de madres y padres, hermanos, hermanas, niños pequeños y adolescentes” de la comunidad latina, sobre todo trabajadores esenciales, que precisamente la está diezmando.

En efecto, las más de 200 mil personas que han fallecido en Estados Unidos infectadas por el COVID-19 constituyen innegablemente una tragedia nacional. Y por más que el discurso oficial quiera seguir minimizando su impacto social —tal como como lo intentó una vez más el presidente Donald Trump al escribir en su cuenta de Twitter que “no le tengan miedo al COVID. No dejen que domine su vida”, antes de salir del hospital militar Walter Reed, de Maryland, donde era atendido tras dar positivo al coronavirus—, la realidad es que los casos, tanto de contagiados como de fallecidos, contradicen cualquier intento de suavizar la lamentable merma entre la población.

Tal parece que el mandatario no aprendió la lección tras las revelaciones de la serie de entrevistas que le hizo el periodista Bob Woodward, en las que se dio a conocer que Trump sí sabía del peligro que representaba el COVID-19. Si otra hubiese sido su actitud, el significado de sus palabras habría tenido otro sentido y habría cambiado tal vez el curso de la cosas al tomar medidas drásticas de contención a tiempo. Y muchas familias inmigrantes latinas y de otras comunidades no estarían sufriendo este calvario. Pero no fue así.

De tal modo que la politización que hace ahora Trump del COVID-19 tras más de medio año de que la población ha padecido los estragos de esta pandemia y en medio de un proceso electoral de históricas proporciones, no solo suena a fraseo absurdo, sino que se eleva al rango de burla presidencial, tanto para los fallecidos y sus familias, como para quienes se encuentran en el trance más difícil del tratamiento y los que han recibido el resultado de ser positivos al coronavirus, así sean asintomáticos. Muchos de ellos, por ejemplo, entre su propio equipo de colaboradores más cercanos.

Recurrir al coronavirus como comodín electoral para contrarrestar los golpes políticos que representaron para su campaña las revelaciones de sus engaños fiscales durante años y el grotesco y desastroso espectáculo que mostró durante el primer debate presidencial en Cleveland, han pintado de cuerpo entero a un presidente que busca a toda costa extender por cuatro años más una serie de políticas públicas que contradicen al Estados Unidos contemporáneo. Y que afectan en gran medida, siempre como chivos expiatorios, a los inmigrantes, especialmente latinos.

Así, la impaciencia del paciente Trump le ha llevado a regalarnos otra estampa de la iniquidad al despojarse de la mascarilla para la foto preparada, una vez que volvió aún con el virus en desarrollo en su organismo a una Casa Blanca donde ya otros males como la xenofobia y el racismo se habían instalado como inquilinos con anterioridad al coronavirus.

La tragicomedia americana, por supuesto, se cuenta sola.

Para leer la versión en inglés de este artículo consulte aquí.