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Cierto olor a neofascismo recorre EEUU

 

Le han pasado tantas cosas malas en tan poco tiempo a este país, que pareciera que la historia actual se ha querido ensañar contra una sociedad que tenía mucho por aprender y también mucho por enseñar.

Por aprender del resto del mundo y de la historia misma de la ignominia para no repetirla.

Por enseñar sobre su convencimiento en torno a la lucha por los derechos civiles y las libertades en su corta edad como nación.

Pero llegó Trump. Con su racismo. Con su xenofobia.  Con su discriminación. Con su política antiinmigrante. Con su odio.

Desde su Casa Blanca, a la que trata como propiedad privada, Trump ha querido refundar esta nación a partir de su inexperiencia moral, con base en el prejucio como estrategia y en el racismo como política pública. Y entre esas dos instancias, con base en la mentira compulsiva  como único legado visible de sus relativas “victorias”, una de las cuales lo llevó, con el voto de sus huestes de engañados y la ayuda de un confuso Colegio Electoral, a la presidencia. Y ahí sigue.

Es de dudarse que la militarización que pretende en la frontera con México —para cuidar, según él, la zona mientras se construye el muro— derive en un conflicto mayor. Lo más que puede provocar es una acostumbrada crisis diplomática entre dos países que, francamente, han caminado juntos por un escabroso sendero de espinas, tratándose siempre como los eternos “vecinos distantes” que alguna vez protagonizaron una guerra.

Es de no creerse también que cambie su postura sobre DACA, los Dreamers, TPS, ciudades santuario, el veto a musulmanes, ni mucho menos que modifique su soez vocabulario para referirse a otras personas y otros pueblos.

Es seguro que no dejará de confundir a propios y extraños con sus exabruptos momentáneos como niño mimado que no quiere lo que le dan, pero desea lo que no tiene, a fuerza.

Es fácil inferir que continuará con su actitud sobrada como todo acosador, no sólo en relación con otras potencias que lo han dejado sin habla —China, Corea del Norte—, sino con los más vulnerables, que resultan ser los inmigrantes en una nación de inmigrantes.

Es entendibe que seguirá esquivando la justicia hasta donde pueda mientras avanza sin detenerse la investigación sobre la “trama rusa” y la colusión del gobierno de Putin en las elecciones estadounidenses de 2016.

Es decir, si nos damos cuenta, ha tejido toda una telaraña de acontecimientos para encubrir algo más profundo y comprometedor, algo que precisamente ha hecho caer poco a poco a algunos involucrados —Manafort, Flynn, Van Der Zwaan—, amén de la desbandada de funcionarios que ha eliminado de su equipo, sin “motivo” aparente. Y los que faltan.

¿Qué es exactamente lo que esconde, al pretender la creación de un estado policiaco, antiinmigrante y racista?

Esa debería ser precisamente la línea de investigación más importante, además de lo que persigue el equipo del fiscal especial Robert Mueller. Porque con sus actitudes, Trump no ha dejado opción a pensar de otro modo sobre él y su dudosa y cuestionada presidencia.

Él, en todo caso, podría ser apenas la punta del iceberg del próximo y nefasto capítulo en la historia mundial, empezando por Estados Unidos, un país que, como ya todo el orbe se dio cuenta, no tiene más nada que enseñar aunque lograra destituir a Trump de la presidencia.

Pues aun saliendo a rastras, este “presidente” habría dejado ya un incontrolable y nauseabundo olor a neofascismo, racismo, discriminación y actitudes antiinmigrantes en esta nación. Y esa, en esencia, es ya una mala enseñanza para sus propios libros de historia, que a los futuros maestros costará trabajo explicar.

Entre su lento aprendizaje de su pasado segregacionista y su enseñanza cuestarriba sobre las libertades civiles, Estados Unidos ha quedado atrapado en su propio limbo histórico.