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Aislados por el estigma del ‘trumpismo’

 

El rechazo que han experimentado en carne propia todos aquellos funcionarios o empleados que, de cerca o de lejos, han tenido que ver con el actual gobierno estadounidense se está convirtiendo en una tendencia cada vez más previsible. Y no es para menos, dada la insania con la que han seguido a pie juntillas los gustos o disgustos presidenciales, especialmente en el ámbito migratorio.

Identificados como parte del problema y no de la solución al tema de la inmigración, los ejecutores del inacabable listado de perjuicios y obstáculos contra familias migrantes —sobre todo contra los solicitantes de asilo en los últimos tiempos— han ido quedando expuestos a la vista de todos, sin quedar libres del escarnio o la condena pública.

Ligados para siempre a esa situación, algunos se han desvanecido en la sombra del olvido, mientras los más osados han querido limpiar su maltrecha imagen tratando de asomarse al mundo otra vez en nuevos empleos, diversos proyectos o intentando participar en foros públicos o del mundo del espectáculo, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, solo han sido objeto de repudio en lugares improbables, como restaurantes, conferencias o por el uniforme que usan o el cargo que ocupan u ocupaban.

Uno de los casos más recientes fue el de la exsecretaria del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), Kirstjen Nielsen, quien tuvo que declinar a su participación en el foro The Atlantic Festival, que reúne a diversas personalidades de la política y, sobre todo, del mundo de las ideas, presionada por la serie de críticas a su responsabilidad como integrante de un gabinete antiinmigrante y en cuya gestión al frente del DHS se desató la peor crisis humanitaria en la historia reciente de Estados Unidos, con separación de familias, maltrato a detenidos y detención de menores de edad en jaulas.

En ese sentido, es bastante fácil entender, por ejemplo, la conclusión a la que han llegado algunos de los miembros de la Patrulla Fronteriza sobre la percepción negativa que la gente tiene de su desempeño, al grado de entender el porqué les “odian enérgicamente”. Entrevistados recientemente por The New York Times, a un grupo de agentes o exagentes de la Patrulla Fronteriza no les quedó más remedio que sincerarse y aceptar que las funciones que ahora desempeñan distan mucho de su tarea original, y que el trato que se le ha dado a los migrantes en sus centros de detención es el punto central de los ataques y condenas que se han cernido sobre ellos, situación que los ha llevado a renunciar en algunos casos o a exacerbar la incomodidad de su estado de ánimo, o incluso a preguntarse si vale la pena todo eso.

Ya en su libro The Line Becomes a River, el exagente de la Patrulla Fronteriza Francisco Cantú había explicado fehacientemente que los políticos en Estados Unidos creen que si una madre o un padre son deportados, toda la familia tenderá a salir con ellos del país. Pero la realidad es que esos padres, que suelen conservar los mejores valores familiares, lo que quieren es quedarse aquí, y lucharán por regresar una y otra vez, complicando su situación cada vez que se topan con obstáculos legales y físicos. “De este modo”, dice Cantú, “Estados Unidos convierte en delincuentes a quienes podrían convertirse en sus mejores ciudadanos”.

Pero ni Kirstjen Nielsen ni los agentes de la Patrulla Fronteriza han sido los únicos en sufrir las consecuencias de todo lo que ordena el actual mandatario. Hace poco también se reportó que Hope Hicks, exflamante directora de comunicaciones de la Casa Blanca, se ha convertido en una especie de “paria” en Hollywood —hacia donde se trasladó para trabajar en un puesto similar, pero esta vez para la Corporación Fox—, dado que enfrenta el ninguneo de uno de los enclaves más liberales del país y que a su vez ha sido uno de los más críticos de todo lo que emana de la actual Casa Blanca.

Huelga decir que el ridículo al que se autosometió el exjefe de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, al participar en el programa “Bailando con las estrellas”, ha sido uno de los más sonados en todos los medios informativos, incluyendo redes sociales y cuchicheos de pasillo. Su vistoso atuendo con olancitos en los brazos agregó aún más elementos al escarnio, aderezado con los pasitos entreverados a ritmo de salsa con una canción de las Spice Girls. Imagino lo que pasaría si, después de toda esta pesadilla antiinmigrante, xenófoba y racista, a Stephen Miller se le ocurriera, para lavar su imagen, grabar un disco con canciones rancheras, a dúo con Corey Lewandowski.

Mejor suerte no ha corrido Sarah Huckabee Sanders, quien renunció igualmente al puesto de prensa de la Casa Blanca, luego de más de tres años de ser la cara más notoria de su gobierno y a quien correspondió justificar lo injustificable y defender lo indefendible ante los representantes de la prensa más acuciosa y preparada desde Nixon. Tras su salida trascendió que tenía intenciones de postularse a la gubernatura de Arkansas, su estado natal, pero es difícil que lo logre en este momento, pues Asa Hutchinson no sale del puesto sino hasta 2023. Luego se supo que se uniría a la cadena Fox News, un paso más lógico por afinidad ideológica, que por tener un amplio currículum profesional.

En efecto, a muchos de ellos, incluso los que no han sido tan visibles, les será difícil o imposible reacomodarse o reinventarse en sus respectivas especialidades, pagando de ese modo el haberse dejado engatusar por alguien que, ahora que ya suenan los tambores del juicio político, actuará como siempre, en función de sí mismo sin importarle embarrar de lodo a sus allegados, quienes idefectiblemente tienen ya su marca indeleble en la frente: la letra “T” mayúscula.

Puede consultar la versión en inglés de este artículo aquí