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“No tan rápido, Sr. Trump”

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Hipnosis. Ese es el primer término que surge al ver a través de cualquier medio a Donald Trump presidiendo algún determinado foro como un consumado predicador y, sobre todo, al escuchar a sus seguidores vitorear cada una de sus expresiones faciales o verbales, o bien sus perfectamente bien estudiados manoteos al aire, como dirigiendo una orquesta desafinada. Nevada no fue la excepción.

Él sabe que los tiene bajo control, como en una sesión permanente de hipnosis colectiva en la que cualquier frase, por muy desatinada, ofensiva o fuera de la realidad que se encuentre, será celebrada y obedecida como una orden. Así, curiosamente, lo hicieron Hitler, Mussolini y Franco hace casi un siglo en una Alemania, una Italia y una España completamente vulnerables y presas fáciles de cualquier arenga xenófoba, racista, de odio. Y así le fue al mundo.

La nueva fase de su inquietante perorata incluye un éxito con el voto latino en este estado de Nevada que sólo él ve. Y que sus seguidores no ven, pero que le creen a pie juntillas, sin cuestionarlo, sin indagar, sin pensar: sólo aceptándolo como un nuevo mandamiento en las tablas de su naciente “religión”. Y el magnate lo disfruta hasta la intolerancia y la bravuconería. Los tiene en sus manos. O en su boca.

Dijo la noche del martes después de saberse los resultados de las asambleas republicanas en las que resultó vencedor con 46%, que lo que más le “hacía feliz” era haber recibido el apoyo del “voto latino”, cosa que, como también lo presumió con arrogancia, había repetido durante mucho tiempo y nadie le daba crédito. Lo que le faltó decir, claro está, es que esos resultados inmediatos sólo se basaban en encuestas de entrada, que según los expertos en mediciones estadísticas del electorado siempre son muestras pequeñas y que por lo tanto incluyen un amplio margen de error.

Más allá de la matemática electoral, también se le olvidó mencionar al multimillonario que los latinos que habrían votado por él son, efectivamente, republicanos, que sólo conforman alrededor del 17% del electorado, frente al 55% de los votantes latinos que se declaran demócratas en Nevada y del 28% de los que dicen no tener filiación política alguna, según datos de la Asociación deNacional de Funcionarios Latinos Electos y Designados (NALEO).

Es decir, la forma como Trump da a conocer sus mensajes, con un toque de efectismo inmediato y contundente, pareciera ser una verdad absoluta, incuestionable y que incluso todos los medios informativos también tienen que “aceptar” asombrados y reproducirlos tal cual.

Pues no: los antiguos sociólogos funcionalistas llamaban “efecto boomerang” a lo contraproducente que resulta insistir hasta la saciedad en un mensaje, dañando en algún momento a quien lo emite. Y francamente la perorata de Donald Trump está resultando tan xenófoba y tan antiinmigrante, que la esperada madurez de la sociedad estadounidense, que ha luchado durante décadas por defender los derechos civiles y ser una nación más incluyente, tendría que expresar un “no pasarán” no sólo en las urnas, sino a través de una nueva actitud que ponga fin al ultranacionalismo que está resultando soberanamente anacrónico, tanto en Estados Unidos, como en el mundo entero.

“Si quiere deportar a los inmigrantes, que empiece por sus esposas, que han sido todas europeas”, dice indignado “Tomás” Arnold, taxista estadounidense en Las Vegas, cuyos padres nacieron en Rusia y en Ucrania, y quienes al llegar al país “obviamente no tenían documentos, no hablaban inglés y tampoco entendían el sistema”. Y añade: “La madre de Trump y su abuelo, como los míos, no nacieron en Estados Unidos. Estoy totalmente en contra de él. No representa lo que se supone debe ser esta nación”.

Arnold insiste en decir su primer nombre con la fonética castellana. “Me gusta decir que me llamo Tomás, no Thomas, aunque así es mi verdadero nombre”. El porqué lo resume así: “El futuro está frente a nosotros y no lo queremos ver. Trump, por su parte, quiere deshacerse de ese futuro”.

Toda hipnosis cumple su ciclo, y aún falta mucho para noviembre. “Así que es muy pronto para que Trump cante victoria; no tan rápido, Mr. Trump, no tan rápido”, dice Tomás.

Nevada solamente ha sido una escala más y este taxista blanco de Las Vegas, como muchos otros estadounidenses, dice que no se ha dejado embaucar.